El
accidente

Ese
año la Nochebuena caía en domingo. Por lo tanto,
la acostumbrada reunión que los jóvenes
festejaban en la iglesia los domingos por la noche
sería una gran celebración. Después del oficio
de la mañana, la madre de dos muchachas
adolescentes me preguntó si alguien podía
encargarse de llevar a sus hijas. Estaba
divorciada, se ex esposo se había mudado y ella
detestaba conducir por la noche, sobre todo
considerando que había probabilidades de lluvia.
Me comprometí a pasar a buscar a las chicas para
llevarlas a la reunión.
Así
pues, esa noche iba al volante de mi auto, con las
chicas sentadas a mi lado. En una elevación
de la ruta vimos que acababa de producirse un
choque múltiple en el paso ferroviario que
quedaba unos metros más adelante. Como
empezaba a helar y la ruta estaba muy resbaladiza,
nos resultó imposible frenar y nos estrellamos
contra la parte trasera de otro coche. En el
momento en que me volvía hacia las muchachas,
para ver si estaban bien, la que estaba junto a mi
gritó:
-¡Ooooh,
Donna!
Me
incliné hacia adelante para ver qué había
pasado con la chica sentada junto a la ventanilla.
Por entonces todavía no eran obligatorios los
cinturones de seguridad, y ella había atravesado
el parabrisas con la cara. Cuando cayó
contra el respaldo, el borde mellado del vidrio
roto le había abierto dos profundos tajos en la
mejilla izquierda. Sangraba a chorros.
Era un espectáculo horrible.
Afortunadamente,
uno de los otros automovilistas tenía un botiquín
de primeros auxilios; con una compresa pudo
detener la hemorragia. El oficial de policía
dictaminó que el accidente había sido
inevitable, por lo que no se presentarían cargos,
pero aun así me horrorizó pensar que esa hermosa
chica de dieciséis años quedara con cicatrices
en la cara por el resto de su vida. Y le había
sucedido mientras estaba bajo mi responsabilidad.
En
la sala de emergencias del hospital la llevaron
inmediatamente al médico que efectuaría la
sutura. Me pareció que tardaban mucho.
Temiendo que hubiera complicaciones, pregunté a
la enfermera a qué se debía esa demora.
Dijo que, por casualidad, el médico de guardia
era cirujano plástico y estaba aplicando puntos
muy pequeños, que requerían mucho tiempo.
De ese modo las cicatrices serían mínimas.
Tal vez Dios estaba presente en ese desastre, al
fin y al cabo.
Al
presentarme en el hospital para visitar a Donna,
temía que ella estuviera furiosa y me echara la
culpa de lo que había pasado. Como era
Navidad, los médicos del hospital trataban de dar
el alta a los pacientes y postergaban las
operaciones que no fueran urgentes. Como
resultado, en el piso de Donna había pocos
internados. Pregunté a una enfermera cómo
estaba la muchacha. Ella sonrió, diciendo
que iba muy bien. En realidad, la chica era
un sol; parecía feliz y no dejaba de hacer
preguntas sobre el tratamiento. La enfermera
reconoció que, como había tan pocos pacientes en
el piso y tenían tiempo libre, todas buscaban
excusas para ir a charlar con Donna.
Pedí
perdón a la chica por lo que había sucedido,
pero ella no le dió ninguna importancia; dijo que
las cicatrices se podían disimular con
maquillaje. Luego empezó a explicarme, con
entusiasmo, qué le habían hecho las enfermeras y
por qué. Ellas rodeaban la cama,
sonrientes. Donna parecía muy feliz.
Era su primera internación y todo le despertaba
curiosidad.
Ya
de regreso en la escuela, Donna se convirtió en
el centro de atención; describió una y otra vez
el choque y lo que había sucedido en el hospital.
Su madre y su hermana tampoco me culpaban por lo
ocurrido; por el contrario, se desvivían
por agradecerme que me hubiera ocupado de todo,
aquella noche. En cuanto a Donna, no quedó
desfigurada; el maquillaje disimulaba las
cicatrices casi por completo. Eso me hizo
sentir mejor, pero aún sufría por esa bonita
muchacha marcada.
Un
año después me mudé a otra ciudad y perdí
contacto con Donna y su familia.
Quince
años más tarde me invitaron a oficiar en esa
iglesia una serie de servicios. En la última
noche vi a la madre de Donna entre los que
esperaban para despedirse de mí. Me
estremecí al recordar el choque, la sangre y las
cicatrices. Sin embargo, la mujer se acercó
a mí con una gran sonrisa y, casi riendo,
me preguntó si estaba enterado de la suerte
corrida por su hija. No, yo no sabía nada.
Bueno, ¿recordaba la curiosidad de la chica por
lo que hacían las enfermeras? Lo recordaba,
sí. Entonces su madre prosiguió:
-Donna
decidió estudiar enfermería. Se recibió
con todos los honores y consiguió un buen puesto
en un hospital. Allí conoció a un joven médico
y se enamoraron. Ahora están casados, son
felices y tienen dos hijos preciosos. Me
encargó decirle que ese accidente fue lo mejor
que pudo pasarle en la vida.
Robert
J. McMullen (h.)
Las
verdaderas bendiciones suelen presentársenos
bajo la forma de dolores, pérdidas y
desencantos;
pero
tengamos paciencia, que pronto las veremos con
su verdadera figura.